N O T I C I A S:

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Leoncio Prado Gutiérrez

04 marzo 2017


Leoncio Prado Gutiérrez ha­bía luchado a favor de la In­dependencia de Cuba y luego marchó a Filipinas, fiel a su espíritu independentista. Al tener noticias de la guerra que Chile le declaró al Perú, en 1879, el joven Leon­cio retorna y se pone a disposición de su padre en Arica, pero regresa a Lima para recibir a sus hermanos Justo y Grocio, que venían de Cuba.
Luego de que Nicolás de Piéro­la asaltara el poder, Leoncio Prado es comisionado para liderar un grupo de guerrilleros peruanos en coordinación con Lizardo Montero, comandante del Ejército del Sur. Lucha en la batalla del Alto de la Alianza, donde Grocio mue­re y él cae prisionero. Lo llevan a Chi­le, pero es liberado, previa firma de un compromiso de no retomar las armas.
¡Qué poco lo conocían! Ya en Lima, en 1882, Leoncio Prado ve con amar­gura la ocupación chilena y, después, enterado de la resistencia de la Breña que libra el general Andrés Avelino Cá­ceres, no duda en sumarse. Prado reú­ne trescientos hombres, dando batalla al ejército invasor en varios pueblos de la costa y la sierra. En Huánuco vio mo­rir a Justo de una tuberculosis producto de la dura campaña de la Breña.
En Sayán, se encuentra con el ge­neral Isaac Recavarren –comisionado por Cáceres en formar el Ejército del Norte–, por lo que le exige que cumpla con entregar a sus hombres, y Prado accede. Junto a su escolta huanuque­ña, se reúne con Cáceres, quien lo nombra jefe de Estado Mayor de la Primera División del Ejército del Nor­te, bajo el mando de Recavarren. Este se une a Cáceres, quien evade al ge­neral Arriagada de Chile, mientras el general chileno Gorostiaga se repliega en Huamachuco.
Luego de una penosa marcha por las malas condiciones de su tropa, Cáceres toma este pueblo el 8 de julio de 1883. El día 10 comienza la batalla favorable al Perú, pero al agotarse las municiones los chilenos contraatacan al estar mejor pertrechados. A causa de la fuerte explosión de una grana­da, Prado cae con la pierna astillada en el muslo. Así herido, se marcha con Cáceres; pero luego de un tramo ya no puede proseguir y es dejado al abrigo de una cueva en Cushuro, pre­so de terribles dolores. Allí Prado es asistido por un indígena de apellido Carrión hasta que lo descubre la tro­pa del teniente chileno Aníbal Fuen­zalida, quien lo reconoce como el hijo del presidente del Perú y lo transporta de regreso a Huamachuco. Así relató el encuentro el mismo Fuenzalida al historiador chileno Nicolás Molinare, quien lo publicó en su obra Batalla de Huamachuco:
Le voy a relatar punto por punto todo cuanto sé respecto al coronel Leon­cio Prado, a quien tomé prisionero […]. De orden superior de mi jefe, el inteli­gente mayor Fuenzalida, salí temprano el día 13 de julio en comisión a recoger armas y muy especialmente a buscar dos cañones que faltaron de los doce que había tenido la artillería enemiga. Cerro arriba nos lanzamos por el mo­rro de Flores […]; llegamos a la cumbre y una vez en ella bajé con mi tropa para el otro lado, como para Entre Ríos o Si­lacochas, y con paciencia principiamos a registrar todas las quebradas, valleci­tos y hondonadas que forman aquellas agrestes serranías […]. De repente, un artillero cuyo nombre he olvidado sin­tió que alguien se quejaba, más bien dicho, le pareció oír murmullo de una conversación; el hombre preparó su ca­rabina por lo que pudiera acontecer y, con cautela, agazapándose, se fue acer­cando hacia el lugar de donde creía que venían las voces.
Leoncio Prado2
Leoncio Prado nació en Huánuco el 24 de agosto de 1853. Fue hijo del expresidente del Perú, general Mariano Ignacio Prado Ochoa, y de María Avelina Gutiérrez.
Pocos instantes después le hablan así con voz entera: “Avance usted sin cuidado, que estoy herido; yo soy el co­ronel Leoncio Prado”. Y, efectivamente, mi artillero tenía a su frente, bajo una ramita, lo que los soldados llaman un torito, recostado en el suelo, sobre un cuero de oveja y una manta, a un hom­bre moreno, la nariz perfilada; de pelo negro y muy crespo, y que usaba bigote y una insignificante pera militar. El he­rido, sin ser otro, era el coronel Leoncio Prado, hijo natural del presidente del Perú, don Mariano Ignacio Prado, y jefe de Estado Mayor del Ejército del Centro, es decir, del primer ejército de Cáceres. Cuando mi artillero vio herido a Prado, o a Pradito, como todos le nombraban en el Perú, se quedó mirándolo al oír la tranquilidad con que le dirigía la pala­bra. Y Pradito, con toda calma, le dijo: “Hazme un favor, dame un tiro aquí, en la frente”.
“Pídale ese servicio a mi teniente Fuenzalida”, le contestó el soldado, y corrió a darme parte.
No pasó mucho tiempo y yo y otros soldados más, estábamos al lado del que fue mi pobre amigo, el coronel Pra­do. ¡Qué hombre tan simpático, tan ilustrado y atrayente, compañero! Mire, encantaba conversar con él, de todo sa­bía, poseía el inglés y el francés lo mis­mo que el español; y con él podía usted hablar de artillería y tratar cuestiones guerreras a fondo, porque era un hom­bre bien instruido, de estudio y muy sabido. En cuanto estuve a su lado y después de darnos un afectuoso apretón de manos, me rogó que lo despachara al otro mundo, porque sufría dolores atroces a causa de la herida, y porque, suponía, le habrían de fusilar. Natural­mente, le hice desechar tan negra idea, porque imaginé que, estando tan grave­mente herido, mi coronel Gorostiaga no lo ejecutaría. “Compañero recuerdo que me dijo a propósito de su herida, este pobre chino es tan bueno que por más que he hecho no ha querido cor­tarme la pierna herida”, y mostraba el muslo izquierdo horrorosamente frac­turado encima de la rodilla. Y nuestra conversación duró el tiempo necesario para armar una camilla y pronto regre­samos todos a Huamachuco.
PASAJE A LA GLORIA
Allí en el pueblo, Prado se granjea la admiración de los chilenos. Pide que le amputen la pierna gangrenada y Fuenzalida traslada la petición a su superior Gorostiaga, quien de modo bestial e indigno de un oficial no solo lo niega, sino que ordena que sea fusi­lado antes de retirar sus tropas. Y este noble episodio de la historia nacional es contado por el historiador chileno Nicolás Molinare:
Una de las figuras militares enemi­gas más atrayentes de la Guerra del Pacífico, quizá la que descolló más por su amor al Perú, por el denuedo con que defendió siempre sus colores y por su valor indomable, fue, sin duda, la del coronel Leoncio Prado. La muerte de este hombre extraordinario tiene tonalidades tan grandiosas; fue tan admirablemente estoico para morir que, como un homenaje a la memoria de tan valiente jefe peruano, publica­mos este emocionante episodio de su vida, que sin duda es la página más hermosa de la historia del Perú en la última campaña, tomándola de nues­tra Historia de la batalla de Huama­chuco, que verá la luz pública entre breves días. (Betsy Recavarren Merino De ZelaRevista Velaverde)
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©.-Lic. Julinho Aguirre Soto Director General.